De Wigan directamente al espacio
Al principio, The Verve no intentaba escribir himnos de estadio. Richard Ashcroft a la voz, Simon Jones al bajo y Peter Salisbury a la batería se conocían desde el colegio en Wigan. Nick McCabe llegó después y cambió casi de inmediato las posibilidades musicales de la banda. La ambición de Ashcroft era mayor que su técnica de entonces. Todavía no necesitaba canciones acabadas, porque le interesaba más la visión de una música capaz de arrancar al ser humano de la vida cotidiana y mostrarle algo fuera del alcance de la vista. McCabe sabía dar sonido a esa visión. Su guitarra no conducía las canciones con un riff corriente; las estiraba, las rodeaba de reverberación y las mantenía en movimiento constante. El grupo, que aún se llamaba Verve, no quería copiar a los Stone Roses ni sumarse a la fiesta de Madchester. Sus músicos preferían improvisar durante horas y dejar que una línea de bajo girase hasta funcionar como una hipnosis. ¿Puede construirse una canción sin un límite claro entre principio y final? Wigan respondió con cuatro jóvenes a quienes la estructura tradicional les parecía demasiado estrecha.
Primeras señales desde la órbita
Los sencillos All in the Mind, She's a Superstar y Gravity Grave, reunidos después en The Verve EP, no suenan a ejercicios prudentes de principiantes. Desde las primeras grabaciones, la banda se comportaba como si no tuviera que pedir paciencia al oyente. Simplemente lo arrastraba a su mundo y cerraba la puerta detrás. En She's a Superstar, la guitarra de McCabe se mueve alrededor de la melodía como luz reflejada en el agua. Jones sostiene un pulso grave y regular, Salisbury deja respirar el ritmo y Ashcroft no se planta delante del grupo como una estrella. Su voz se sumerge en la música y se convierte en otra capa del sonido. Gravity Grave va más lejos: bajo y batería construyen un movimiento lento e implacable sobre el cual la guitarra ensancha el espacio cada minuto. No hay prisa por llegar al estribillo ni búsqueda nerviosa de un gancho para la radio. Hay fe en que el propio crecimiento puede producir emoción. Y la produce. La canción deja de ser una colección de estrofas y empieza a parecer un lugar al que uno puede entrar durante unos minutos y perder la noción del tiempo.
Un estudio accesible durante la marea baja
El debut A Storm in Heaven se grabó en Sawmills Studio, Cornualles, junto al río Fowey y accesible en barco o por un camino que aparece con la marea baja. Ese aislamiento podría haber llevado a otra banda a pulir con cuidado composiciones terminadas; Verve lo aprovechó para seguir perdiéndose. El productor John Leckie comprendió pronto que ordenar esta música según las normas habituales del estudio le quitaría su cualidad más importante. No se trataba de conseguir el sonido perfecto de caja, la voz más limpia o una guitarra exactamente en el centro de la mezcla. Se trataba de captar el instante en que cuatro músicos empiezan a moverse como un solo organismo aunque ninguno conozca todavía el destino. Durante días podía no aparecer nada valioso; después, una única improvisación daba una canción casi completa. McCabe usaba delay, reverberación, trémolo, chorus y ecos invertidos, pero no trataba los efectos como una colección de trucos. Quería disolver la forma familiar de la guitarra. Una frase regresaba, se superponía a la siguiente y poco a poco perdía su comienzo claro. El instrumento sonaba delicado y un momento después llenaba toda la grabación. Leckie no intentó detener aquel clima. Simplemente colocó bien los micrófonos.
Una tormenta que no necesita relámpagos
El título A Storm in Heaven describe a la perfección el movimiento del disco, porque la tormenta rara vez aparece aquí como un riff agresivo o un clímax ruidoso. Crece entre la calma de la melodía y la tensión escrita en la armonía. Ashcroft quería crear una música que primero calmase al oyente y después lo hiriese un poco. El debut de Verve repite ese gesto casi sin descanso. Star Sail abre el álbum como una lenta salida de la oscuridad. La guitarra pulsa a lo lejos, el ritmo no corre hacia ningún destino claro y la voz parece una señal que llega desde detrás de la niebla. Blue es más compacta y pesada, pero hasta sus partes más fuertes están rodeadas de reverberación; un sonido sin sombra habría sido demasiado obvio para este grupo. En Slide Away, la fría línea de bajo de Jones funciona como la gravedad. Salisbury construye un ritmo alrededor, McCabe deja entrar luz dispersa y Ashcroft canta dentro del arreglo, no por encima. Escuchadla con auriculares y fijaos en lo difícil que resulta señalar el instante en que la guitarra deja de ser instrumento y empieza a ser paisaje. Butterfly comienza con mayor calma, pero la tensión crece con paciencia. En el final, la guitarra desgarra la superficie melancólica porque la emoción ya no cabe en la forma que tenía la canción.
Un álbum que mira hacia arriba
A Storm in Heaven puede llamarse psicodélico, dream pop, shoegaze o space rock. Cada etiqueta acierta con una parte del sonido y ninguna lo abarca entero. El shoegaze se asociaba a músicos inclinados sobre sus pedales de guitarra. Verve utilizaba herramientas similares, pero miraba mucho más arriba. Algunas partes de viento ensanchan varias canciones, aunque permanecen enterradas en la mezcla; actúan más como un cambio de tiempo que como una voz independiente, iluminando a veces el espacio y volviéndolo otras veces todavía más inquietante. El disco no parece una colección de diez canciones separadas. Funciona como un solo viaje durante el que cambian la luz, la temperatura y la densidad del aire. Todavía no es el The Verve de Bitter Sweet Symphony, de las grandes cuerdas y de melodías reconocibles en segundos. Precisamente por eso el debut sigue siendo tan fascinante. La banda aún no sabía qué esperaría el mundo de ella, así que podía permitirse permanecer con descaro dentro del sonido, improvisar y buscar belleza fuera de la forma habitual de una canción. A Storm in Heaven no suena a boceto de la grandeza posterior. Es un mundo completo y aparte: tranquilo, hipnótico y bajo la amenaza constante de una tormenta. El cielo todavía no se había vuelto amargo, pero tampoco era del todo seguro.













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