Parte I. Crepúsculo
El shoegaze es una experiencia vertical.
No horizontal como el rock, no frontal como el punk.
Vertical. Hacia arriba y hacia dentro al mismo tiempo.
Es música del crepúsculo.
No de la noche.
No del día.
Del crepúsculo, con la esperanza de un hermoso amanecer.
Estaba tumbado en la cama, en mi habitación. Llevaba auriculares de diadema, la luz seguía encendida. Las paredes eran amarillas, con un tono que viraba hacia el naranja, y el techo azul marino, como un cielo nocturno sin estrellas. Día y noche al mismo tiempo. Cuando cerraba los ojos, los colores desaparecían. Solo quedaba el sonido.
El primer tema que de verdad me detuvo fue Slowdive. Año 2010. Todavía no sabía que estaba entrando en la vida adulta. Solo sabía que algo se desplazaba dentro de mí.
La voz estaba escondida, como si no quisiera ser el centro. No guiaba. Más bien flotaba sobre las guitarras, que se extendían a lo ancho, sin aristas. La reverberación les quitaba el contorno a los sonidos. Nada era inequívoco.
Las dos voces, a menudo casi al unísono, creaban la sensación de una doble presencia. Como si una sola línea melódica no bastara para contener lo que había que decir.
Y las guitarras, lo más importante para mí, no eran un riff ni una declaración. Eran espacio. Ya había pasado por mi breve episodio adolescente con la guitarra, así que oía algo más que acordes. Oía la textura. Oía vibrar la cuerda bajo los dedos de alguien, aunque aquellos dedos no fueran los míos.
Y entonces empezaba el atlas. No geográfico. Interior. Islas que nunca había visitado y nunca visitaría. Lugares sin nombre. Sin fronteras. Sin mapa.
El shoegaze no dibujaba contornos. Los disolvía.
La ausencia de contornos me daba seguridad. No porque pudiera esconderme. Porque nada era definitivo. Las fronteras se disolvían, así que yo no tenía que caber dentro de ellas.
El shoegaze no me dejaba ser otra persona. Me dejaba ser yo, solo que en una versión menos delineada, menos definida. Irreal, pero no falsa.
Esa irrealidad no era una huida del mundo. Era una suspensión sobre él. La trascendencia no como religión, no como promesa, sino como un movimiento hacia arriba, hacia dentro, hacia el espacio que siempre gira en algún lugar por encima de la cabeza, pero que pocas veces está tan cerca.
La primera vez que de verdad escuché a Slowdive, sentí que ese espacio descendía. No cambia el mundo. Solo cambia la distancia que me separa de él.













Comentarios
0