A comienzos de los años noventa, parecía que la historia del shoegaze había llegado a su fin. Una escena que apenas un momento antes latía con ideas nuevas empezó a desmoronarse. En Gran Bretaña apareció el britpop como algo más directo, ruidoso y teatral. A su lado, el shoegaze parecía demasiado brumoso, introspectivo y silencioso.
En pocos años, la mayoría de los grupos desaparecieron o cambiaron de rumbo. Ride giró hacia un rock más convencional. Lush empezaron a escribir canciones más sencillas y más pop. Slowdive grabaron Pygmalion, un álbum casi sin muro de guitarras que, para muchos, fue a la vez el epílogo y la despedida de toda una época.
Al final de la década, el shoegaze parecía destinado a quedarse en una breve nota al pie de la historia de la música alternativa.
Pero algunos ecos no desaparecen.
El lenguaje regresa
A comienzos del siglo XXI, esta música empezó a regresar, a menudo en lugares donde nadie la esperaba. Nuevos grupos recurrieron a guitarras difuminadas, reverberación y melodías suspendidas no porque quisieran reconstruir la antigua escena, sino porque el lenguaje del shoegaze había resultado ser sorprendentemente duradero.
A veces se habla de una segunda ola; otras, de nugaze, un término un tanto jocoso, pero certero. Los nuevos grupos no copiaron punto por punto la estética de los años noventa. Más bien la desarrollaron en distintas direcciones. El shoegaze empezó a infiltrarse en el dream pop, el indie rock, el post-rock e incluso en sonidos más electrónicos.
Entre los artistas asociados a esta nueva ola está Tamaryn, cuya música combina la característica niebla de guitarras con una atmósfera más fría y sintética. En sus grabaciones, el eco del shoegaze no es una reconstrucción de la antigua escena, sino su recuerdo lejano, pasado por un filtro.
Hay más ejemplos. Una nueva generación de músicos descubrió que en esta estética se escondía algo atemporal. No se trata solo de un efecto de guitarra o de una forma concreta de producir. Se trata de una manera de experimentar el sonido.
Más entorno que acontecimiento
El shoegaze siempre fue una música hecha más de espacio que de acontecimientos. No contaba historias como el rock ni construía espectáculos como el pop. Creaba más bien un entorno en el que el oyente podía sumergirse durante un rato.
Por eso, incluso cuando la escena desapareció, el lenguaje de esta música sobrevivió.
Hoy sus huellas aparecen en muchos lugares: en el indie melancólico, en las variantes más etéreas del dream pop y en los paisajes de guitarras del post-rock. A veces surgen solo como una suave reverberación de fondo; otras, regresan en toda su plenitud.
El shoegaze ya no es una escena en el sentido estricto de la palabra. No hay una sola ciudad, un solo momento ni una sola generación que pueda decir: esta es nuestra música.
Y, sin embargo, su eco sigue circulando.
Quizá porque el shoegaze siempre fue algo más que un género. Era una forma de escuchar. La aceptación de que la música no siempre tiene que llevar directamente a algún sitio. A veces basta con que el sonido flote en el aire, desdibuje los contornos y permita a una persona desaparecer dentro de él durante un momento.
Y quizá sea precisamente por eso que este eco no desapareció.













Comentarios
0